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Desde el Hincha

mayo 25, 2011

Qué tristeza que sean los malos momentos los que me traigan a escribir nuevamente. Pero es así, los momentos lindos uno los pasa en la cancha y en los bares. Los momentos amargos se sobreviven exorcizando la angustia con personas cercanas a la causa; con otros hinchas de River en este caso. Son tres puntos los que me gustaría tocar:

1 – Una reflexión, opinión, o postura mía sobre los eventos recientes es dramáticamente más valida y noble que la de cualquier periodista con trayectoria del ambiente (cuando hablo de mi hablo de cualquier hincha de River). Hoy el periodista deportivo es un mediático, y el show paga los sueldos. No es una novedad lo que planteo, pero créanme, que por más que sepamos que los medios articulan a sus necesidades, escuchar mentiras reiteradamente inevitablemente hará que las compremos. Es un cliché pero es cierto. Apaguemos la tele y cerremos lo diarios. El futbol no es física cuántica, y mucho menos lo son los conflictos humanos.

2 – Repensemos un poco el concepto de ídolo. A mi gusto, el idilio es un honor que se gana con el tiempo, pero que se puede perder en un chispazo. Es un titulo con el que pocos se van a la tumba. No podría definirlo en este momento más que con nombres propios, por ejemplo, Francescoli. Yendo al grano, no soy quien para hacer un juicio de valores sobre los motivos de Fillol para sentirse humillado al punto de presentar la renuncia. Realmente no juzgo eso. Mi punto es otro. Mi punto es una pregunta: ¿un verdadero ídolo da el portazo a 4 fechas de finalizar el campeonato más infame de la historia del club, justo antes del partido más importante, después de dos fechas catastróficas, y en un momento donde lo que menos se necesita es polarizar a la hinchada? Completo con otra, ¿amor propio es lo mimso que ego? No quiero generar antagonismo, pero creo que aquí hay cuestiones determinantes. Trayectoria futbolística y agradecimiento eterno por los años y por las medallas, por supuesto. Ídolo, para mí, es otra cosa.

3 – Independientemente de las posturas (yo tengo las mías, acabo de dar pistas de ellas), y retomando algunas puntas que deje inconclusas en los párrafos anteriores, detesto la confrontación extrema. Siempre estamos rivalizando puntos de vista a niveles ridículos, asignando rótulos de “buenos” y “malos” en juego en donde siempre tiene que haber alguien que pierda. Esta semana fue Carrizo vs. Filliol. No tenemos que caer en la banalidad de tomar partido por alguno de ellos como si fuese una guerra de vedettes; de elegir cual blanco y negro. Si de opinar. Pero tener una opinión no implica defenestrar al de enfrente. Carrizo, hasta hace dos fechas, era el arquero de la selección, el mejor de argentina, ídolo de River, artífice y responsable de una gran cantidad de puntos, heroe de los resultados. Hoy es el demonio. De la misma manera que le pongo puntos suspensivos a la condición de ídolo de Filliol, lejos estoy de demacrarlo, odiarlo, o crucificarlo. No sería justo. No aportaría nada, si solucionaría nuestros problemas. Que haya opiniones, pero que estas no nos dividan. Tampoco caigamos en el juego de la prensa, de los medios, ni de quienes hacen de nuestra pasión un negocio o una fuente de poder.

Este fin de semana alentemos, apoyemos, que la promoción no es para nosotros.

Hasta la próxima.

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